Publicado 13/09/2026 19:12

¿Llegamos tarde? El debate sobre celulares y rrss entre niños y adolescentes

Santiago 14 Sep. (ATON) -

La discusión sobre celulares y redes sociales no termina en niños y adolescentes. Familias, escuelas, universidades y el sistema de salud también enfrentan el desafío de definir cómo convivir con una digitalización cada vez más presente en la vida cotidiana.

La discusión sobre el uso de celulares y redes sociales entre niños y adolescentes parece haber dejado de ser una preocupación limitada a padres, especialistas o establecimientos educacionales. Las cifras muestran que existe un amplio consenso ciudadano respecto de la necesidad de establecer límites a una tecnología que ya forma parte de prácticamente todos los espacios de la vida cotidiana.

Así lo reflejó una de las últimas encuestas de Cadem sobre redes sociales y menores de edad: un 88% de las personas consultadas está de acuerdo con prohibir el acceso a estas plataformas a menores de 13 años. El respaldo llega al 69% cuando el límite se establece en los 16 años y alcanza un 47% para menores de 18.

Para Jorge Gallardo, académico del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de O Higgins (UOH), uno de los elementos más relevantes de estos resultados es precisamente la magnitud del acuerdo que existe en torno al tema.

Pocas veces en las encuestas de opinión se observa una tendencia tan marcada respecto de un determinado tema. Cuando observamos las preguntas relacionadas con el uso del teléfono y la disposición de las personas a establecer restricciones o incluso prohibiciones, encontramos un amplio consenso , señala.

A su juicio, las cifras también evidencian que el fenómeno comienza a ser reconocido como un problema concreto. No estamos solamente frente a una preocupación, sino también frente a un problema que está siendo reconocido por una parte importante de la población chilena: el uso de teléfonos inteligentes y redes sociales , añade.

El debate adquiere especial relevancia porque el smartphone ha dejado de cumplir únicamente una función comunicacional. Hoy permite acceder permanentemente a entretenimiento, información, redes sociales y distintas plataformas digitales, transformándose en parte del entorno en que niños y adolescentes crecen y construyen sus relaciones.

Gallardo advierte que distintas investigaciones han asociado el uso intensivo de estos dispositivos y plataformas con dificultades en las relaciones cara a cara, menor comunicación familiar, problemas de atención, rendimiento académico y desarrollo de habilidades socioemocionales.

La preocupación aumenta cuando la exposición comienza durante los primeros años de vida. Esta situación resulta particularmente preocupante en niños y niñas de menor edad, especialmente durante etapas tempranas del desarrollo, como ocurre antes de los seis años. Una exposición intensiva al teléfono puede dificultar el desarrollo de habilidades necesarias para relacionarse adecuadamente con otras personas, con su entorno social e incluso con su propia familia , señala.

Las plataformas digitales, además, ya están ampliamente incorporadas a las rutinas de los menores. Entre los hijos de las personas encuestadas que utilizan internet o redes sociales, YouTube, TikTok e Instagram aparecen entre las plataformas más mencionadas.

A este escenario se suma ahora la inteligencia artificial. Según la misma medición, entre los menores que utilizan redes sociales o cuentan con acceso libre a internet, un 53% usa ChatGPT y un 26% Gemini.

Una discusión que también involucra a los adultos

Para el académico UOH, poner el foco exclusivamente en niños y adolescentes dejaría fuera una parte importante del problema. Las conductas digitales también se aprenden observando a padres, familiares y otros adultos significativos.

Niños y niñas también aprenden y reproducen comportamientos de los adultos. Si crecen en contextos donde las personas adultas permanecen gran parte del día pendientes del teléfono, es altamente probable que incorporen esas mismas prácticas , detalla.

Situaciones aparentemente cotidianas, como revisar un teléfono mientras un niño intenta conversar, pueden terminar interfiriendo en espacios relevantes para la construcción de vínculos.

Son experiencias aparentemente pequeñas, pero que muestran cómo estos dispositivos pueden interferir en las relaciones interpersonales y en espacios fundamentales para el desarrollo socioemocional , asegura.

Por ello, Gallardo plantea que cualquier estrategia destinada a abordar el fenómeno debería considerar no solamente restricciones dirigidas a los menores, sino también una reflexión sobre la manera en que los adultos utilizan sus propios dispositivos.

El vínculo con la salud mental

Otra dimensión que preocupa es la relación entre el uso intensivo de smartphones y redes sociales y el bienestar psicológico. El académico señala que distintas investigaciones han encontrado asociaciones con sintomatología depresiva y ansiosa.

Asimismo, algunas manifestaciones relacionadas con una exposición intensiva a estos dispositivos podrían confundirse con características atribuidas a otras condiciones, como dificultades atencionales o trastornos del espectro autista.

Gallardo plantea, en ese sentido, que el bienestar psicológico debe analizarse considerando también el contexto cotidiano de las personas.

La salud mental no constituye un proceso exclusivamente individual ni puramente psicológico. Está relacionada con nuestro entorno, con las condiciones en las que vivimos y con aquello a lo que estamos expuestos cotidianamente .

Desde esa mirada, el uso de teléfonos y plataformas digitales podría incorporarse como un antecedente relevante en las evaluaciones de niños y adolescentes que consultan por dificultades de salud mental. El académico propone, además, considerar esta dimensión dentro de las discusiones relacionadas con el Plan Nacional de Salud Mental.

¿Prohibir los celulares?

La preocupación expresada en la encuesta también se traduce en apoyo a medidas concretas. Un 67% considera adecuada la prohibición del acceso a redes sociales para menores de determinada edad, mientras que un 62% respalda impedir el uso de celulares durante la jornada escolar. A ello se suma un 60% que apoya exigir sistemas de verificación de edad a las plataformas y un 51% que plantea entregar mayor orientación a padres y apoderados.

El respaldo aumenta cuando la pregunta se concentra en espacios específicos de los establecimientos educacionales: un 91% está de acuerdo con prohibir los teléfonos en las salas de clases, 82% en actividades deportivas escolares, 75% durante toda la jornada y 56% durante los recreos.

Pese a estas cifras, Gallardo sostiene que Chile no debería limitarse a responder mediante prohibiciones. Una primera tarea, plantea, consiste en conocer qué ha ocurrido en países que comenzaron antes a regular estas tecnologías.

Lo primero que podría hacer Chile es revisar la experiencia comparada. Es decir, observar qué medidas han adoptado otros países que llevan cierta delantera en la regulación del uso de teléfonos inteligentes y redes sociales, y analizar cuáles han sido sus resultados .

Pero conocer esas experiencias no significa replicarlas automáticamente. Sería un error trasladar esos programas o medidas directamente a nuestro país. Es fundamental considerar las características particulares de Chile: su población, su cultura y su conformación social .

El próximo desafío: la inteligencia artificial

Para Gallardo, una de las principales lecciones que deja la expansión de los smartphones es que las sociedades necesitan discutir los efectos de las nuevas tecnologías antes de que su incorporación sea prácticamente irreversible.

Cuando llegamos al punto de tener que prohibir algo, significa que probablemente llegamos tarde .

Esto no implica rechazar los avances tecnológicos, sino analizar de manera crítica cómo se incorporan y cuáles pueden ser sus consecuencias, especialmente durante etapas sensibles del desarrollo.

La discusión tampoco termina cuando esos niños llegan a la adultez. Quienes actualmente crecen rodeados de teléfonos inteligentes, redes sociales y plataformas digitales serán en pocos años estudiantes universitarios, trabajadores y profesionales.

Si no lo hacemos, en los próximos cinco o diez años podríamos enfrentar consecuencias mucho más complejas en términos de relaciones sociales, empatía, comunicación y capacidad para vincularnos con otras personas más allá de los medios digitales , detalla el académico.

La rápida expansión de la inteligencia artificial abre ahora una nueva oportunidad para aplicar esas lecciones. Aunque sus efectos sociales todavía están desarrollándose, estas herramientas ya comenzaron a incorporarse en la educación, el trabajo y la vida cotidiana.

No podemos simplemente asumir que, porque la inteligencia artificial está avanzando, debemos incorporarla en todos los ámbitos y adaptarnos a ella sin preguntarnos previamente por sus posibles consecuencias .

El desafío, entonces, supera ampliamente la pregunta sobre cuántas horas pasa un niño frente a una pantalla. También obliga a discutir cómo la tecnología interviene en la atención, las emociones, las relaciones familiares y la forma en que las nuevas generaciones se vinculan con otras personas.

Y esa conversación no corresponde únicamente a las familias. Escuelas, universidades, servicios de salud, lugares de trabajo y las propias instituciones públicas forman parte de un proceso de transformación que ocurre cada vez más dentro de la vida cotidiana.

Necesitamos tomarnos seriamente los procesos de digitalización de la vida y discutirlos como sociedad , finaliza el experto.

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